Origen de la raza

Origen e historia del Perro de Agua Español

El Perro de Agua Español es una de las razas caninas autóctonas más antiguas de la Península Ibérica. Su historia está íntimamente ligada al medio rural español y, especialmente, a aquellas actividades en las que eran necesarias inteligencia, resistencia, capacidad de adaptación y una extraordinaria disposición para el trabajo.

El estándar oficial de la raza sitúa su presencia en la Península desde el año 1110 y lo relaciona con el mismo antiguo tronco del que proceden otros perros de agua europeos, entre ellos el Cão de Água Português y el antiguo Barbet. Sin embargo, determinar con exactitud su procedencia más remota resulta difícil y todavía hoy existen diferentes teorías acerca de cómo llegaron o se desarrollaron estos perros en nuestro territorio.

Una de ellas vincula su presencia con la llegada de poblaciones procedentes del norte de África durante el periodo de dominación musulmana de la Península Ibérica. Otra teoría relaciona su tradicional denominación de “Perro Turco” o “Turco Andaluz” con los barcos de origen turco que participaron en el comercio de ganado y, particularmente, en la exportación de ovejas merinas durante los siglos XVIII y XIX. Ninguna de estas hipótesis permite, por sí sola, afirmar de manera concluyente cuál fue el verdadero origen remoto de la raza, por lo que resulta más prudente considerarlas parte de su historia y tradición.

Lo que sí resulta indiscutible es su profundo arraigo en la Península Ibérica. Durante siglos, las poblaciones más numerosas se localizaron en Andalucía, especialmente en las sierras y zonas rurales de Cádiz y Málaga, donde estos perros fueron utilizados fundamentalmente para el pastoreo de ganado. También estuvieron presentes en marismas y zonas costeras, colaborando con pescadores y cazadores de aves acuáticas. Paralelamente, subsistieron poblaciones de menor entidad en la cornisa cantábrica.

Esta diversidad de trabajos explica una de las características que mejor define al Perro de Agua Español: su extraordinaria polivalencia funcional. Pastor, cazador y ayudante de pescadores, fue durante generaciones un auténtico perro de trabajo, seleccionado fundamentalmente por su utilidad y no por criterios exclusivamente estéticos.

Su peculiar manto lanoso y rizado, capaz de formar cordones naturales, tampoco puede entenderse separado de esa funcionalidad. Su pelo y su constitución rústica permitieron que la raza se desenvolviera tanto en las húmedas marismas como en terrenos secos y en las sierras sometidas a importantes variaciones de temperatura. De este modo, la morfología que hoy caracteriza al Perro de Agua Español es, en buena medida, el resultado de siglos de selección natural y funcional.

A lo largo del tiempo recibió distintas denominaciones populares dependiendo de la zona: “Perro de Agua”, “Perro de Aguas”, “Turco”, “Turco Andaluz”, “Laneto”, “Churro” o “Perro de Lana”, nombres que reflejan su extensión geográfica y su profunda integración en la cultura ganadera y rural española.

Tras la Guerra Civil española, la transformación de las formas tradicionales de agricultura, ganadería y pesca provocó una importante disminución de sus poblaciones. Como sucedió con muchas otras razas de trabajo, la progresiva mecanización del campo hizo que las funciones para las que había sido seleccionado durante generaciones fueran perdiendo protagonismo. El propio estándar oficial señala que hacia 1940 la raza se encontraba en una situación de decadencia, aunque permanecían importantes núcleos de perros de trabajo, principalmente en Andalucía.

A partir de la década de 1970 comenzó un decidido proceso de recuperación, identificación y selección de aquellos perros que todavía conservaban las características tradicionales de la raza. Ese trabajo permitió preservar un patrimonio genético que hasta entonces había sobrevivido principalmente gracias a pastores, ganaderos, cazadores y pescadores que continuaban utilizando estos perros por sus cualidades naturales. Entre las personas vinculadas a aquella recuperación tuvieron especial importancia Antonio García Pérez y Santiago Montesinos, cuyo trabajo comenzó a mediados de los años setenta.

El proceso culminaría progresivamente con el reconocimiento oficial de la raza por la Real Sociedad Canina de España y el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca en abril de 1983, la apertura de los primeros registros en el Registro de Razas Caninas (RRC) en mayo de 1985 y, finalmente, su reconocimiento definitivo por la Fédération Cynologique Internationale (FCI) el 30 de mayo de 1999, bajo el estándar FCI n.º 336.

Hoy el Perro de Agua Español es conocido y admirado en numerosos países, pero comprender la raza exige no olvidar aquello que permitió su supervivencia durante siglos. Antes que perro de exposición o de compañía fue, y continúa siendo en su esencia, un perro funcional, rústico, inteligente y extraordinariamente versátil.

Preservar el Perro de Agua Español supone, por tanto, algo más que mantener unas determinadas características morfológicas. Significa conservar también su temperamento, equilibrio, instinto, aptitudes naturales y capacidad de trabajo; en definitiva, respetar el legado de generaciones de perros que hicieron de esta raza una parte singular del patrimonio cinófilo español.


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